Un día en Fujisan
Japón (I)
Domingo 4 de Julio de 2010, por
Suelo visitar Japón una vez al año. Me gusta cómo me hace sentir que pertenezco a una sociedad desarrollada donde la gente se comporta como debe comportarse, esto es, de manera cívica y educada, respetando al máximo la vida de los otros, y donde las máquinas y la tecnología funcionan perfectamente al servicio del hombre. No quiero decir con esto que las máquinas hayan sustituido al hombre en Japón, para nada. Sigue habiendo multitud de empleados del metro o del tren tocando el silbato cada minuto que llega un tren, obreros reparando las carreteras o, mismamente, jóvenes repartiendo flyers en cada esquina de las zonas mas bulliciosas de Tokyo.
Me gusta visitar Japón por otra razón que a ustedes les sonará absurda: higiene. Sí, Japón es el país más limpio del planeta y a mi me gusta sentirme limpio, me gusta el hostel en el que estoy en Kawaguchi-ko a 2 horas de Tokyo, nombrado el hostel más limpio de Japón 2008 y 2009 por hostellworld.com, la más fiable web para reservar un hostel en cualquier parte del mundo. Me gusta andar descalzo por todo el edificio y llegar a la litera y ver que la planta de mis pies es del mismo color que mi empeine y no ha acumulado roña; me gusta ir a la ducha a cualquier hora y poder tirar mi muda limpia al suelo, el cual brilla más que la cocina de mi señora madre, maravilloso... Sí, el mundo está lleno de gente alérgica a la limpieza, y si no vayan ustedes a África o a India y me lo cuentan a la vuelta.
Sin embargo, no todo ha sido maravilloso en esta mi tercera visita al Japón. Hay dos cosas que no me han gustado: la primera, este tipo de jovencitas japonesas de pestañas postizas, minifalda y pelo rojizo que parece que llevan un pelucón mal puesto y siempre van en parejas con otra amiga vestida idéntica a ella y que parecen eternas adolescentes aunque el hijo ya haya hecho la comunión. Han dejado de gustarme y es una pena, porque es un símbolo del Japón de hoy, tanto o más que los manga o las películas de animación. La otra cosa que no me gusta, y esta sí es seria, es que Japón, desde mi anterior visita, se ha convertido en el país más caro del mundo en estos momentos para un europeo. La razón es sencilla, la devaluación del Euro este último año, con una caída superior al 30% que ha hecho que el tomarme un café en Tokyo me salga por 3 euros, dormir en un cápsula hotel por 37 euros o tomar un autobús interurbano de 50 minutos de trayecto por 17 euros!!!! (de todas formas, en el caso del transporte, Japón siempre ha sido un sitio carísimo, prefiriendo los japoneses pagar bastante más por un confort a veces innecesario).
Mi crónica de hoy, breve, la escribo desde ese hostel de misterproper tan maravilloso del que les he hablado, aunque no les he dicho que se encuentra justamente a los mismos pies del monte Fuji, monte sagrado entre los sagrados, 3776 metros de pura roca volcánica y mítica en la historia de Japón.
Había llovido los días anteriores a mi llegada, y no se esperaban sorpresas, Mt. Fuji permanecía oculto entre nubes, como casi todo el año, a espaldas de Kawaguchi-ko. Sin embargo, esta mañana amaneció extremadamente soleado, tanto que al salir del hostel tuve que preguntar a un lugareño si realmente esa cumbre seminevada, impresionante, ostentosa y, si las montañas pudieran serlo, diría arrogante, en frente mio era Fuji-san.
Pillé el primer autobús del día hacia la 5ª estación, que de las ocho estaciones o lugares de reposo existentes en Mt. Fuji es la que más arriba se encuentra accesible en transporte publico. El primer autobús no salía hasta las 9:50 AM, saliendo el último desde la estación hacia las 15:20 horas, sorprendentes horarios, e inimaginable coronar la cima en tan poco tiempo. La respuesta es sencilla y se explica dentro de la mentalidad japonesa, La temporada de ascensión al Fuji comienza desde tiempos inmemorables el 1 de Julio y termina el 31 de Agosto, dando lo mismo que en Junio se pudieran freír huevos fritos en su cráter del calor reinante o que en Agosto un ciclón arrasase media montaña; los horarios y las tradiciones son intocables en Japón, y hoy estamos a 29 de Junio. Mala suerte, amigo Gaijin..., si a eso le unimos que todo japonés con el que me crucé en los dos días anteriores afirmaban que estaba loco o que me quería suicidar por intentar escalar Mt. Fuji fuera de temporada, los dioses me condenarían.
No me dejé amilanar, no es mi estilo y rápidamente recluté en la parada del bus a dos simpáticas escocesas y a una canadiense bastante poco atractiva, pero se trataba de compartir un taxi de vuelta al anochecer, y la broma en Japón salía por 120 euros por una carrera de escasa media hora, aunque nos cobrara, supongo, la ida. Con gestos y un mapa en japonés logramos entendernos y cogimos finalmente el bus de las 9:50 con destino a la estación. El día estaba esplendido, pero pocos japoneses osados se atrevían a retar a su montaña sagrada unos días antes del comienzo de la temporada. Nosotros y algunos valientes (varios maratonianos que subían la montaña casi cada día como entrenamiento) fuimos unos privilegiados, ya que el uno de Julio Fuji se llena de hordas de turistas, colegiales, jubilados, locos , frikis y demás fauna que habita el Japón y que hacen este país tan grande, pero no para dar un paseíto mañanero con semejante circo.
La obesa chica canadiense no tardó en rajarse, lo que echó por traste mis cálculos del escote por el taxi, incrementando la factura en 10 euros por barba. Una de las escocesas, pelirroja como manda la tradición, tenía miedo a las alturas, y yo empezaba a tener mi propia procesión sin ser semana santa, mi gozo de escalar Fuji se podía ir al garete si estas dos jovenzuelas se me rajaban y me dejaban tirado con el maldito taxi. Hice lo que tenía que hacer, instruir a la amiga de las alturas a mirar única y exclusivamente a mis pies, yo iba delante abriendo la marcha, mientras realizábamos la ascensión, la cual fue agotadora, incluyendo rampas de lava escurridiza, escalones sin el firme asegurado y peldaños excavados en la roca. Por el camino había partidas de voluntarios, con botas de agua, casco y chalecos reflectantes habilitando los senderos que serían utilizados tres días más tarde por los senderistas. Visité los diversos albergues, en periodo todavía de limpieza, con más obreros ultimando los detalles, en los que uno por 50 euros puede pasar la noche (en temporada, se entiende) hacinado en unos barracones que a mi me recordaron a los míticos stalags de la Segunda Guerra Mundial (aunque, todo sea dicho, el japonés es un tipo sufrido y no le importar pagar ese dineral por dormir con otros 200 tíos sudorosos si al día siguiente corona su amada montaña mágica).
Tras tres horas y media de dura caminata, llegamos a la cumbre. En los manuales ponía cinco horas pero entendimos que eran tiempos para niños y ancianos japoneses y no para mi, miss alturas y su compañera Alice. Estaba completamente nublado, como era de esperar, y apenas vi el cráter seminevado de la cumbre, sin contar con un viento fortísimo (en fin, ¿qué es lo que uno se puede esperar en una cumbre, un chiringuito con San Miguel? Pues no...).
Estábamos eufóricos, no era para menos, y, aunque en el descenso nos perdimos un poco, finalmente logramos encontrar la dichosa quinta estación, ya a las siete de la tarde y con un día maravilloso en la base, desierta - recuerden es fuera de temporada, allí no quedaban ni los perros.
El taxista llegó a su cita exactamente tres minutos y medio antes de la hora, conduciendo uno de esos maravillosos Toyotas Confort negros que, junto con los Nissan Crew, son los taxis en Japón, equipado con su GPS, su cambio en el volante, no utilizan palanca de cambios, y una amable sonrisa del señor taxista embuchado en guantes blancos y gorrita como si fuese a pasear a Miss Dasy en vez de a tres fatigados excursionistas. El camino de vuelta fue divertido, con el buen hombre parando cada cinco minutos para mostrarnos los corzos que pastaban al lado de la carretera - ’bambi, bambi’… tira anda, déjate de tanto bambi que me recuerda a los cuarenta machacantes que te estoy soltando por la carrera - . El fin de fiesta, ni que decirlo, fue culminado con unos baños en un Onsen cercano… ¡¡día perfecto!! ¿No les he dicho que me encanta Japón??...
© 2010
Enlace permanente: http://www.batidoradigital.com/spip.php?article286
Artículo publicado originalmente en Batidora Digital - www.batidoradigital.com
El texto de este artículo se distribuye bajo Licencia Copyleft Batidora Digital 2.0

