Crónica de un día difícil y sofocante en India
La India (II)
Domingo 27 de Junio de 2010, por
Las noches en India, con el calor sofocante, se hacen difíciles de llevar. En general, uno no se aloja en hoteles de 5 estrellas. Si puede, y existe, busca siempre un alojamiento barato, ya tendrá tiempo de gastarse los cuartos en otro país donde lo más barato que uno puede encontrar es una cama en un dormitorio por 20 euros. India es uno de los países más baratos que existen, de ahí que todos los hippies del mundo vengan aquí, y uno puede alquilar un cuarto mugriento, pero un cuarto, por 100 rupias y comer por otros 100 rupias.
No era mi caso, prefería pagar un poco más y comer algo mejor, no tenía intención de convertirme en un asceta y parecerme a uno de esos perros esqueléticos llenos de pulgas que deambulan por todas los callejones de India...
Me alojaba en la Baba guesthouse en uno de los Dhart de la ciudad vieja de Varanasi, en una pensión coreana (India y en especial Varanasi consitutyen una de las mecas del turismo juvenil de Korea, no me pregunten el porqué, ya que no existe nada más chocante que un inmaculado turista coreano divagando por uno de los callejones sucios de India…). La dueña era coreana y estaba casada con un indio, la pensión era del indio y de su familia, se habían conocido hace un par de años en una visita de la coreana al país, vino por un mes y se quedo. Ahora esta coreana rellenita tenía un bebé a su cargo; el bebé era también regordete como ella, de piel blanquísima y le aplicaban sombra de ojos de color negro, una costumbre india que daba al bebe un aspecto curioso e incluso atractivo.
Llevaba varios días alojado allí por 250 rupias, con derecho a baño propio, ventilador y una ventana de 30 cms con vistas al Ganges. En mi ultima noche, al llegar a la guesthouse, después de esquivar la basura que se acumulaba desde que llegué en el callejón de entrada a la pensión, la cual había visto crecer en los últimos días y en esta ocasión me había obligado a dar un salto para esquivarla y poder pasar…, me encontré con dos indios sentados en la recepción, uno llevaba una escopeta, la clásica recortada y el otro un rifle de caza atado con una cuerda. Los tipos tenían el aspecto de ´malos´, o al menos era la imagen que pretendían dar, aunque a mi me parecieron sacados de una película barata o, mejor aún, de una de esas películas de Bollywood de acción realizadas en los 70 que reponen a cada hora en la televisión india, y que a uno le recuerdan inevitablemente a los malos de las pelis de Bud Spencer y Terence Hill. Por lo visto, estos malos eran los guardaespaldas de un hombre importante de Varanasi que estaba charlando en la oficina del dueño de la guesthouse. No deja de sorprender tan pobre equipamiento cuando la mayoría de los policías gastan Lee-Enfields de la Primera Guerra Mundial.
Después del ´shock´, subí a mi cuarto con dos botellas de agua de litro cada una, quería acostarme pronto y repetí el ritual que hacía cada noche desde que llegué a la india y que a cada día que pasaba perfeccionaba ligeramente para satisfacción de mi ingenio, aunque sabía positivamente que no servía demasiado para bajar algún grado la temperatura sofocante del cuarto. El ritual consistía en coger una de las botellas vacías que yacían junto a la papelera, rellenarla con agua de la ducha y regar todo el cuarto. Con todo el cuarto quiero decir: el suelo, las camas, las sábanas, la almohada y hasta el televisor... Después procedía a introducir las dos botellas de agua dentro del barreño de plástico con agua que había en el baño; había descubierto que si dejaba la botella de agua directamente sobre el suelo del cuarto, ésta se hacia caldo en cuestión de minutos y el barreño con agua retardaba el efecto unas horas. Finalmente, me daba una ducha de agua a temperatura ambiente (no existe ´ducha de agua fría´en india) con calzoncillos incluido, daba exactamente igual y así mantenía frescas mis partes. A continuación me tumbaba en la cama. Repetía ese mismo ritual cada dos horas aproximadamente. Lo peor era cuando cada noche, a eso de las 10 pm, cortaban la electricidad y tenía una media hora de sufrimiento hasta que el generador de la pensión se ponía en marcha, y con él el ventilador de aire caliente del techo. Finalmente, a eso de las 4 am, abría la ventana, rogando que entrara una pequeña brisa de aire medianamente fresco al cuarto y cuando raramente se producía, la recibía como una bendición.
Al día siguiente partí para Agra, me habían dicho que era posible que la temperatura fuese ligeramente inferior la de Varanasi y, en mi ingenua ilusión, abandoné la ciudad y sus callejones tétricos, apenas iluminados, pero que daban a la parte vieja de esta ciudad santa un aspecto ciertamente mágico.
Me dirigí a la estación de trenes a comprar mi billete y allí continuó mi día de calvario. En la parada de los Cycle rickhsaw y de los autorickshaw me tocaba, como siempre, regatear a pleno sol el precio de la carrera, cuando me vi abordado por un par de críos pedigüeños, de los que abundan en toda la India, y de los que uno teme que en un descuido te roben la cartera. Estaba sudando, chorreando y la discusión con los taxistas al calor del mediodía me estaba enervando y me empezaba a sentir como Michael Douglas en ´Un día de furia¨. Estallé y vocee a los malditos niños con cara de viejo ´get out of me fucking bastards!!!!!´ que se oyó en toda la parada de taxis. Los niños se alejaron inmediatamente acostumbrados quizás a este tipo de reacciones y evitando así algún posible palazo de uno de los policías de tráfico cercanos. Esta reacción les sonará a ustedes sobredimensionada, y probablemente aquellos que no conocen India me estén tildando de un autentico hijo de puta; sin embargo, no pueden imaginarse lo enervante que pueden ser las calles de India en determinadas situaciones. Y si ya han visitado India, seguro que habrán pasado por más de una situación similar y su reacción haya sido probablemente la misma; y si no ha sido así, bueno, entonces usted es probablemente un santón de la paciencia o mejor aún una ´iluminada de la vida´ de las que abundan en India, y que son capaces de ver buen corazón y bondad donde incluso los locales ven miseria, pobreza y mala sangre a erradicar.
Elegí un cyclerickshaw, pq son mas baratos, y siempre me dan más pena estos ´taxistas´ de piel curtidísima, sucios y sin dientes muchos de ellos, que los ’taxistas’ de los autorickshaw, cuyos motocarros tienen una capota que les protege del sol. Coloqué mi mochila de montaña en medio y me senté en el asiento de madera rumbo a la estación de trenes.
Solía conseguir buen precio regateando, casi precio de Indio, y los taxistas del stand ya no se peleaban por mi como el primer día, sabían que ese extranjero del sombrero azul era un auténtico pesetero, de lo que por otra parte me estaba enorgulleciendo cada vez mas... Sin embargo, esa mañana erré completamente con el ´taxista ciclista´ que elegí. Era un viejo demasiado débil para pedalear y cargar conmigo y mi mochila le resultaba un suplicio, cosa sorprendente porque generalmente estos ´cyclerickshaw´ cargan hasta con una familia india en su único asiento sin mayores problemas. Me había tocado el debilucho y corría riesgo de perder el dichoso tren.
El viejo iba, literalmente, a dos por hora maldiciendo a los otros vehículos que se le cruzaban en el camino, como si fueran la causa de su lentitud, estaba fatigado, incluso paró para hinchar su rueda delantera, la cual no necesitaba aire, pero él si una pausa. Por su fatiga, no le proteste que tardara 45 minutos en recorrer los 3 kilómetros que separan el stand de los taxis de la estación de trenes, aunque se quedó sin mi propina ´de caridad por su esfuerzo´ por dejarme tirado en medio de la calle a 500 metros de la estación con una excusa que no acabé de comprender. Es habitual que los rickshaw dejen al turista donde les salga literalemente de los cojones, bajo las más diversas excusas, sabiendo que uno está lo suficiente cansado para no discutir una miserable rebaja del precio por la faena, que no conlleva a nada más que a satisfacer, al menos en mi caso, mi propio ego como ’regatista’...
Compré el billete y esperé al tren en medio del caos que es, inevitablemente, una estación de trenes india. ´Sleeper 3´ recaba mi billete y me monté con la satisfacción que me dio el encontrar que mi coche cama estaba medio vacío y no tenía que expulsar a nadie de la litera asignada. Algunos guiris se sumaron al vagón y entablé conversación con Jimmy de Inglaterra. Invariablemente los viajeros ingleses siempre son los que mejor humor mantienen por estos países dichosos, y con los que más fácil es entablar una conversación, no porque mantuvieron el imperio británico por tanto tiempo, sino gracias a eran tipos pálidos que soportaban cualquier tipo de penuria y eran capaces de hacer un chiste de los Monty Pyton en las peores situaciones.
Mi alegría se desvaneció a las dos horas de empezado el viaje. No podía durar y Jimmy, veterano viajero de India, y yo lo sabíamos de antemano. Primero nos invadió una familia india, que se sentaron con nosotros, aunque casi con certeza no eran ni siquiera sus asientos. Eran un padre de bigote, la madre, dos niños y una niña bastante guapos. En un ataque de simpatía ofrecí unas galletas de chocolate a los críos, que rechazaron sin apenas mirarme, quizás estuvieran educados a no aceptar cosas de Sahibs desconocidos, aunque me decepcionó el no lograr ni siquiera una mirada de simpatía por parte de la cría. Con un padre tan antipático como era el hombre, no debía haberme sorprendido.
Los 3 ventiladores del compartimento abierto de 6 literas funcionaban perfectamente pero la temperatura del vagón no cesaba de crecer y nosotros de sudar. Entonces, en una de las estaciones llegó la ´marabunta´. Una oleada de indios bastante desaliñados en su mayoría ,asaltaron el tren y subieron como podían a los vagones, traían consigo sus maletas destartaladas y se peleaban por el poco espacio libre que había en cada vagón. Estos indios no tienen billete, todos los billetes están vendidos en esta época de vacaciones escolares con incluso varias semanas de antelación (nosotros habíamos conseguido los billetes ese mismo día gracias a las plazas reservadas a turistas, pero no se equivoquen, no es discriminación positiva, es sencillamente que el gobierno indio sabe que o reserva una decena de plazas a turistas en cada megatren o se queda sin turismo, sencillamente porque, literalmente, no se podría viajar por el país y perderían las divisas de los turistas). El abordaje llegó a nuestro compartimento y Jimmy y yo nos vimos obligados a saltar a nuestras literas superiores (regla numero 1 para un viaje en tren por India: siempre reservar la litera superior, si no quieres que te roben o que un sujeto se siente a pernoctar a tu lado en plena noche).
Podríamos ser más de 100 personas en ese vagón y la temperatura del coche metálico junto con el calor humano no hizo sino acrecentar mi deshidratación y mi mal humor. Mi única alegría de este viaje fue una interesante charla con un doctor indio, anestesista, que se veía obligado a viajar en clase ´sleeper´ al no haber conseguido confirmar su plaza en primera clase, pese a ser 3 veces mas cara que la nuestra. Lo llevaba con humor a pesar de las 22 horas de viaje que tenía por delante. Me habló, hablamos, un poco de todo, de India, de economía, del sistema educativo indio y del problema de superpoblación que sufría el país y cuyo mejor ejemplo lo estábamos sufriendo esa noche. Me confesó que su presidente favorito fue Indira Gandhi, la cual curiosamente estableció como obligatorio la esterilización forzosa de todas las mujeres indias tras su segundo hijo como único método eficaz para evitar la superpoblación del país. El resultado fue que su partido perdió las siguientes elecciones por causa de esta decisión y hoy en día India va camino de ser el país más poblado y de los más pobres del planeta. Está claro que las democracias no fueron diseñadas para países populosos, si no comparen India con el camino del éxito mundial al que se dirige su rival chino. El doctor ´Rabi´ era un tipo amable, educado y simpático, fiel a sus principios y con amor a su país, aunque no ocultaba sus flaquezas, me recordó en todo momento al Doctor indio de ´Burmese Days´ de Orwell.
Finalmente, tras una odiosa noche, llegamos con 2 horas de retraso a primera hora de la mañana a Agra, y mi gran consuelo fue que el día estaba nublado y al llegar a vislumbrar el Taj Mahal todas mis penurias se disiparon y mi acostumbrado buen humor reapareció como es obligación de todo viajero…
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