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La India (I)

Primeras impresiones

Sábado 19 de Junio de 2010, por Blas García

Tren de Gorakhpur a Varanasi: después de pasar la noche en un cuarto mugriento por 300 rupias, donde tenía que ir en chanclas al baño y procurar no tocar nada que no fueran las sábanas de dudosa blancura, cogí el tren de las 6:30 AM para Varanasi.

Los vagones recuerdan a una especie de vagón prisión con las ventanas soldadas con rejas, a excepción de la ventanilla de emergencia, cuyas rejas van en sentido vertical, pintadas de rojo desgastado y son las únicas abatibles en caso de accidente - a pesar de todo, veo difícil que 80 personas de un vagón salgan en caso de emergencia por un cuadrado de menos de medio metro de ancho.

Yo había comprado un billete ’sleeper’, 135 rupias, lo que me daba derecho a una litera que hallé ocupada. como esperaba (mi amiga Sharon, amante de la India, me había prevenido acerca de los trenes indios). Ni me molesté en reclamar mi sitio, no tenía intención de dormir en plena mañana y con el termómetro rondando los 50º C, así que me acoplé en un asiento libre intentando que uno de los ventiladores que hay en el techo me transmitiera algo de aire, aunque fuera caliente, a mi cabeza.

Al poco, me di cuenta de que la mayoría de la gente había pagado un billete de 56 rupias y si el revisor pasaba, lo haría dentro de horas, tiempo después de que la mayoría de los viajeros hubieran llegado a su estación de destino. Tres muchachos jóvenes comienzan a conversar conmigo, - utilizo muchachos porque es el termino que hubiera utilizado mi abuelo hace 40 años, y los jóvenes indios parecen sacados de una película de los 60 o, en el mejor de los casos, del estilo Pajares y Esteso, con el tupe de Pajares incluido... La conversación se reduce al inglés mediocre de uno de ellos: “¿De que país eres? , ¿tienes novia?”, y cachondearse algo de mi- Sin embargo cuando el niño que sirve los te de una tetera gigante de aluminio (similar al niño que barre el compartimento a cambio de una propina o el niño-viejo que te vende los zumos de mango) sirvió té a otros miembros del vagón, los muchachos me invitaron a un té con leche, aunque por el vaso de plástico hubiera podido ser un chupito de té más que un té propiamente dicho... Después se bajaron en su estación.

A veces en India uno se siente como en un zoo, donde la mayoría de las veces tú eres el que hace de mono, cuando debería ser al revés. Si tuviera humor y poca vergüenza no hubiese dejado de sacar fotos, una tras otra, a todas las personas singulares que uno se cruza en la calle al cabo de un solo día.

El tren prosiguió su marcha y otro muchacho que acaba de montar junto con su madre entabló conversación conmigo. Su inglés era bastante mejor que la mayoría y estudiaba ingeniería civil en la Universidad de Varanasi (de las mas prestigiosas del país, como me recalcó). Se llamaba Ashis y tuve con él una larga y prolífera conversación acerca de India y sus gentes, que sirve para dar una pincelada a la estructura social y forma de pensar de las gentes en India. Me preguntó que si tenía novia, a lo cual respondí que sí , que me iba a casar el próximo año (un tío rondando los 30, como yo, en este tipo de países debe evitar decir que está soltero y sin compromiso, o levantará mayores preguntas o, peor aún, sospechas injustificadas).

Me comentó que tenia novia, compañera de departamento en la Uni, pero que no se podía casar con ella. Salían juntos a escondidas, si su familia se enterase le darían una paliza, según me repitió varias veces. Cuando salen juntos a cenar dice que es su prima, aunque de vez en cuando se deja hacer toqueteos y algo mas... (no tengo claro si el algo más es sexo propiamente dicho, siempre he oído que las indias se dejan dar por detrás antes de estar casadas sin mayores problemas). La mayoría de sus amigos también tenían ’amigas especiales’ a espaldas de sus familias. Él estaba condenado, como lamentaba continuamente, y como sucede a la inmensa mayoría de los indios, a casarse con la mujer que eligieran sus padres, siempre de su misma casta. Me juraba que era imposible ir en contra de la familia pero se prometía a si mismo que India estaba cambiando y esta sería la ultima generación en la que la decisión más importante de sus vidas, el matrimonio, osea la persona con la que vas a compartir al menos la mitad de tu vida, quedaba sujeta a los caprichos y arbitrariedades de su familia.

Me preguntaba acerca de España, quería saber si las chicas eran más liberales y si podían elegir matrimonio, nivel de paro, nivel de desempleo entre las mujeres, etc, etc... Se quejaba de que en India con un salario tenía que mantener a una familia de 8 miembros.... Le pregunté si todavía quemaban a las mujeres que no respondían a las exigencias de la familia del marido y me dijo que no, casi enojado (aunque en la ’lonely’ lo pone como práctica habitual en zonas rurales). El chaval, que supongo era un guaperas para las veinteañeras indias, estaba desesperado. Yo le cambié de tema, no me apetecía hablar más de su dichosa novia o de la mía completamente inventada, que resultaba llamarse Eva y ser enfermera, y yo había pasado a ser lector de Historia en la Complutense (un lector gana poco dinero, así no dan la brasa, mejor siempre parecer pobre pero culto, que rico y tonto).

También le pregunté sobre las castas y me dijo que era difícil saber por la apariencia. Por ejemplo, en el vagón, la pertenecia de cada persona, sólo por el apellido se averiguaba. También descubrí que las mujeres casadas llevan brazaletes, generalmente dorados, en las muñecas ,y un mancha roja en la parte superior de la frente, incluso tiñendo el cabello ligeramente, al menos en el caso de las indúes. También odiaba a Pakistán, y me recomendaba no ir nunca allí ya que solo había terroristas y nada que ver (ampoco tenia intencion...).

Llegamos tras 8 largas horas a Varanasi, donde la temperatura rondaba la de las calderas del infierno, y pillé un ’ricksaw’, o carrito de bicicletas, 15 rupias por 3 kilómetros. Me sentía un poco mal, como explotando con mi pesada mochila al esquelético ciclista, aunque vi que los locales cargaban el dichoso carrito a reventar de bolsas y compras. Como era de esperar no me dejó en Meer Dhar, sino en un cruce donde un fulano le esperaba para llevarme derecho a su hotel, tienda o lo que fuera. Yo estaba de mal humor por la maldita temperatura, y de un salto abandoné el dichoso ’carriculo’, pagué y me deshice de los gorrones metiéndome en el único restaurante occidental que vi, donde una guiri gafitas me indicó la dirección correcta y hacia allí me dirigí, al hotel Alka, 350 Rupias la noche - barato no era. pero tenia baño y estaba sorprendentemente limpio, solo le faltaba ya papel higiénico en el baño, aunque sabía que eso era demasiado...

Durante mi paseo tardío comí en un chiringuito de la calle, el más ’petado’ y con mujeres comiendo como garantía de salubridad. En verdad la comida de la India no es tan picante, y la disfrute. Vi niños que me querían dar ’el palo’, iluminados semidesnudos, gente mascando una especie de mariguana, polis con fusiles de la primera guerra mundial, músicos, titiriteros, incineradores, monjes induistas en camiseta a lo Homer Simpson, hippies japoneses y un largo etcétera que solo ocurre en esta parte del planeta.

Continuará...

© 2010 Blas García

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